Koren Zailckas
Mi madre quizá siempre lo recuerde como el día en que por poco me muero. Dentro de unos años, sentados en la cocina, le preguntará a mi novio en turno: "¿Ya te contó Koren sobre el día en que casi se muere?"
Y es que en verdad parecía la muerte. El 9 de noviembre de 1996, a mis 16 años, me despierto entre las sábanas recién lavadas de mi cama de la infancia, y me doy cuenta: llevo puesta una bata de hospital.
No hay pistas de lo que me pasó: ni yeso, ni vendas, ni suturas, por ejemplo; tampoco un moretón, aunque después descubriré marcas amoratadas de dedos en mis brazos y un cardenal del tamaño de una pelota de golf en mi trasero. Aun así, al principio las únicas señales obvias de que estoy herida o enferma son la bata de hospital y una pulsera de plástico rosa que dice ZAILCKAS, KOREN.
Para hacer memoria reconstruyo mentalmente lo que hice ayer, una noche de viernes como cualquier otra. Fui a una fiesta junto al lago en el pueblo vecino, en casa de una chica cuyos padres no estarían el fin de semana. Deben haberle prohibido invitar amigos, porque no nos dejó entrar a su casa por vasos para nuestras bebidas. Por eso nos sentamos, unos 12, en el patio trasero a beber ron, tequila y Kahlúa directamente de las botellas.
Me senté junto a mi amiga Kat* en un muelle astillado y empecé a tomar. El ron me raspó la garganta, y para aliviar la sensación di unos tragos de Kahlúa. También bebí de un termo que mi amiga Claire había llenado con vodka birlado de casa de sus padres, de la misma garrafa de Absolut de la que solíamos robar. Mi último recuerdo es haber dicho a Claire que, según el poeta Frank O'Hara, después del primer vaso de vodka se puede aceptar prácticamente todo en la vida, incluido el misterio de uno mismo. Luego, empieza el misterio de mi laguna mental.
Claire, a quien encuentro fingiendo dormir en el sofá de la sala, me da los detalles. Mis padres los repasan después conmigo, igual que mis amigos Kat, Allen y Abby cuando los veo el lunes en la escuela. No lleno los huecos que quedan sino hasta años después, cuando me atrevo a hacerle más preguntas a mi padre, y al ver mi expediente de urgencias.
Me desmayé en el muelle, en un charco de mi propio vómito. Nadie pudo despertarme. Mis amigos me llevaron cuesta arriba al camino sujetándome de brazos y piernas, de ahí las 40 marcas de dedos. Me soltaron varias veces, eso explica los moretones que tengo en la nuca y las nalgas. Me acostaron en el asiento posterior del coche de Allen y me llevaron a casa de Abby. Por lo que entiendo del informe médico, toda esta experiencia duró al menos una hora. Serían las 12:30 de la noche. Los padres de Abby ya dormían cuando mis amigos me metieron a rastras por la puerta principal. Me dieron una ducha para quitarme la mezcla de licor, vómito, tierra y hojas que me cubría. Nunca sabré si estaba desnuda o si me dejaron puesta la ropa interior, porque me da mucha vergüenza preguntar.
Cuando acabaron de ducharme ya había pasado mi hora de estar en casa, así que Abby llamó a mi padre para decirle que no se preocupara, que me había quedado dormida viendo una película, y le pidió que me dejara pasar la noche allí. Papá no le creyó y pidió hablar con sus padres. Al saber que estaban dormidos, quiso hablar conmigo. Yo estaba en la litera del hermano de Abby, vomitando otra vez. Cuando me acercaron el auricular, dije arrastrando las palabras:
--Papá, llego en 15 minutos.
Años después él dirá que fue un momento crítico, como si todo en el mundo dependiera de su decisión de dormirse o ir por mí. Fue a recogerme y me llevó al hospital. Según los análisis, tenía un nivel de alcohol en la sangre de 0.25. Un valor de 0.40 se considera letal para la persona media, pero puede ser menor en gente joven o en quien bebe por primera vez. Yo medía 1.57 metros y pesaba 48 kilos con todo y ropa, o sea que bastarían de 8 a 10 tragos tomados en el lapso de una hora para matarme. Llevaba hora y media tomando. Había ingerido la mitad del termo de vodka y muchos tragos de ron y Kahlúa. Como le dijo el médico a mi padre, unos cuantos tragos más y me habría quedado muerta en el muelle. Me sacaron del estómago la mayor cantidad posible del veneno.
El sábado, en el desayuno, mi madre inicia la conversación:
--Me imagino que Claire ya te puso al corriente.
Sus palabras me hacen preguntarme si habrán hecho dormir a Claire en casa para ahorrarse la incomodidad de repasar conmigo los detalles desagradables. Mamá agrega que el problema no es que haya experimentado con el alcohol, porque ya tengo edad para eso, y que quizá hasta me convenga hacerlo mientras todavía vivo en casa, en vez de esperar a que entre a la universidad, donde el ambiente y mi inexperiencia me harían correr más riesgo. Dice que no le habría importado si me hubiera quedado a beber en casa. Podría haberme embriagado igual, pero luego subir y desmayarme en mi cama. Así al menos habría estado a salvo. Pero en ese muelle podría haberme pasado cualquier cosa. Al decir esto llora un poco.
Papá casi no habla. Yo nunca había visto la mirada de áspera incredulidad que me dirige desde el otro lado de la mesa. La única preocupación que expresa es que me haya perdido un congreso de escritores jóvenes esa mañana. Me pregunta (sin esperar respuesta, por supuesto):
--¿Ves cómo la bebida hace que te pierdas otras actividades divertidas?
Mientras ellos hablan, asiento con la cabeza como esos perritos que se ponen de adorno en los autos. Desde luego, me disculpo; es lo único que puedo hacer mientras jugueteo con la pulsera del hospital. Mis padres me prohíben salir de casa el resto del mes. Después me entero de que ya no soy bienvenida en casa de Abby porque me consideran una mala influencia.
Pero cuanto más pienso en ello durante mi castigo, menos me arrepiento. Decido que los padres de Abby, o son los mayores dormilones del mundo, o saben desde el principio lo que ocurre en su casa. Han dormido incontables noches de sábado mientras nosotras preparábamos cocteles en la cocina, fumábamos marihuana en el patio trasero o nos emborrachábamos en el sótano hasta caer inconscientes. Me parece que se hacen de la vista gorda y se justifican diciendo que, mientras su hija beba en casa, se aseguran de tenerla bajo control.
Cuando acaba el castigo, sigo bebiendo con el grupo como si nada. Por desgracia, me llevará seis años más comprender, ya en recuperación, que mis fallas no son sólo personales, sino culturales. El alcohol ha hecho creer a las chicas de mi generación que sólo bajo sus efectos somos deseables e interesantes, que nos librará de vivir en un pueblo, del estrés de los estudios, los empleos tediosos y las relaciones inútiles. Hemos depositado nuestra confianza en él y nos ha traicionado. Y mucha gente que podía o debía ayudarnos se hizo la desentendida.
* Algunos nombres y otros datos se cambiaron para proteger la vida privada de las personas.
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